El Dudonauta

Este cuento fue escrito a partir de la propuesta que Claudio Naranjo hizo en uno de sus cursos de Protoanálisis, celebrado en Barcelona.
La narración surge a partir de ubicarme en el Eneagrama como seis social, e intenta recoger, de una forma irónica, algunos de los aspectos caracterológicos significativos de este eneatipo: el miedo como emoción básica y la duda como estilo cognitivo.
Fue publicado en el año 1998 en el número 2 de la revista “Conciencia sin fronteras”. Lo he revisado para incluirlo en esta página Web.

EL DUDONAUTA

Aclaremos las cosas de entrada: aunque en realidad su verdadero nombre es Prudencio Puede Quiensabe, sus amigos y conocidos lo llaman Dudonauta.
Este intrépido personaje navega por un mar de dudas a bordo de un armatoste rectangular de color grisáceo, lleno de telarañas. Su anhelo más íntimo es encontrar el paraíso, lo cual no es decir mucho. Digamos, pues, que para el Dudonauta el paraíso equivale al Reino de la Seguridad. Su misión es difícil ya que el mundo esta lleno de peligros y engaños. A menudo aparecen en el horizonte falsas certidumbres que, como cantos de sirena, hipnotizan al Dudonauta y lo llevan a naufragar una y otra vez en ese temido mar. Mas están las otras, las certeras y seguras, las que un día –como veremos– quizás hallará y que el Dudonauta define así como sigue: “Seguro que existen certezas, verdades inviolables y definitivas que forman el fondo y la forma, el continente y el contenido de lo que llamamos realidad, y éstas con su existencia irrefutable nos permitirán abrazar, sin fisuras, la más completa y definitiva tranquilidad…”. En este punto de su monólogo suele detener el discurso, inducido por la certeza de los ronquidos de sus infortunados oyentes.
El Dudonauta no camina: desfila, así se siente un poco más seguro. Decididamente avanza un pie, después otro y así sucesivamente. (En una de sus angustiosas pesadillas se convierte en un cienpiés… y se despierta bañado en un sudor frío: no soporta la ansiedad y parálisis que le provoca decidir cual de los pies mueve primero). Como decíamos, desfila y al mismo tiempo sus ojos se posan vigilantes y preocupados en lo que sucede a su alrededor. No es por presumir, pero el Dudonauta ve más allá de lo evidente: media sonrisa puede esconder media amenaza, dos personas platicando animadamente pueden, en realidad, estar confabulando disimuladamente, incluso los ciegos son sospechosos de mirarlo mal.

El Dudonauta piensa que la vida es complicada y contradictoria. Constantemente se ve expuesto a tempestades que sacuden su nave y que le provocan gran cantidad de convulsiones internas, ubicadas todas ellas en el espacio que media entre barbilla y coronilla. Veamos un ejemplo ilustrativo. Pongamos que se encuentra con un mendigo; nunca sabe cuantas monedas debe darle y se acuerda –con cierto resquemor– de la insistencia de Jesucristo en la caridad; le disgusta sobremanera que no dijera nada al respecto de la cantidad con la que es necesario contribuir. En plena convulsión, el Dudonauta cavila, divaga, discurre, reflexiona, medita, considera, asevera, reconsidera, rumía e incluso piensa, que al menos su representante en la tierra –el Sumo Pontífice– debiera escribir una encíclica donde dejara zanjado de una vez por todas el asunto: un listado de los diversos tipos de necesitados susceptibles de ser ayudados: mendigos, huérfanos, incapacitados, ancianos… y el fijo que se le debe dar a cada uno. Si a pesar de todo –y como debe ser- da unas monedas, el Dudonauta imagina que se lo gastará todo en bebida y se siente culpable de estar colaborando de este modo al aumento del consumo de alcohol. El Dudonauta está al día y ha leído estadísticas que confirman el dato.

La obsesión más querida del Dudonauta ocurre todos los martes por la tarde. Se trata de algo en apariencia sencillo y sin importancia. Sin embargo, para él es tan intenso que esta vez las convulsiones le ocupan desde la rabadilla hasta la coronilla. Se trata de su paseo frente la comisaría de policía. Nada más llegar a la acera se le corta la respiración, aumentan sus pulsaciones y se le eriza el vello. No es que el Dudonauta haya cometido ningún delito, ni mucho menos, pero teme que al pasar a la altura de la puerta el policía de guardia sospeche –no sabe muy bien de qué, pero este dato carece de importancia- o note sus culpas; lo detenga y lo someta a interrogatorio, juicio, y lo encarcele. Sólo cuando ha dejado al agente detrás, el Dudonauta se relaja y le invade un júbilo inmenso por su recién renovada absolución. Esto es sólo el principio. El goce se desencadena cuando disimuladamente gira la cabeza y con el rabillo del ojo observa la comisaría. El Dudonauta intuye que ahí está el final de su búsqueda, que en alguna recóndita sala del edificio se encuentra lo que tanto tiempo lleva ansiosamente buscando: El Reglamento.
El tratado que, con toda seguridad, se consulta para aplicar la Ley. El libro definitivo en cuyas páginas está escrito, -¿con sangre?, se pregunta – lo que no se puede hacer y, por ende, lo que sí se puede hacer. El libro de las certezas certeras, que lo librará por siempre de la sombra amenazante del error, de la nostalgia de la orden, de la angustiosa falta de confianza en el futuro, y que lo conducirá al hasta ahora imposible perdón de Dios.
Con el rostro desencajado –y como cada martes– el Dudonauta decide que el próximo martes conseguirá ese Libro y el acto será tan especial que, como en una iniciación, tiene pensado cambiarse el nombre. Nunca más volverá a llamarse Dudonauta, a partir de ese día glorioso, pasará a llamarse Certezanauta.
(Y esa será otra, aunque la misma, historia).

Josep Devesa

 

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